Los sueños, las ilusiones, las metas... son las cosas que nos hacen seguir adelante, pequeñas cosas que nos proporcionan alegrías. El problema es que nos cansamos, a todos nos pasa.
La persona más ilusa se cansa de soñar y la más realista de serlo. Llega un momento en el que la persona más fuerte no puede seguir y la más débil ocupa su lugar. La gente se cansa de dar todo lo que tiene para no recibir nada a cambio.
Cuando abrimos nuestro corazón a alguien, lo dejamos indefenso ante esa persona. Esa persona pasa a tener el control de nuestra felicidad y es capaz de hundirnos en tan sólo una décima de segundo.
Quien no haya caído por algo así, no lo entenderá, pero cuando te sucede eso, pasan los días y en tu cara no aparece ninguna sonrisa auténtica, tu corazón late por instinto y tienes la mirada perdida. Ni tan siquiera eres consciente de cómo pasan los días ni qué es lo que sucede en ellos. Ves gente, pero no compartes su alegría, sólo pones una tapadera a tu tristeza porque simplemente no quieres que te pregunten qué te pasa, ya que no serías capaz de soportar cómo el dolor sale de tu cuerpo delante de alguien. No puedes dejar que nadie te vea como lo hace tu almohada, cuando te desgarras la piel por dentro, cuando te sangran los ojos, cuando un rugido no es capaz de aliviar el dolor... y sobretodo, cuando lloras en silencio.
Caen miles de lágrimas en un minuto. Y no se escucha nada. Nada... mientras en tu interior puedes escuchar campanas, gritos de guerra, espadas afilándose y una lucha medieval que parece eterna. El tiempo no pasa. La batalla se alarga.
Lo mejor es que nadie lo entiende, que eres tú quien lleva el dolor porque te ha hundido, y no cualquier persona, ésa, a la que más querías.