30 de enero de 2013

Volver la vista atrás.


No hace mucho tiempo y sin embargo, a mí me parece una eternidad volver a leer ésto.
¡Cómo pasa el tiempo, enano! Hace casi tres años que nos conocemos, no es mucho tiempo, pero el suficiente como para afirmar que eres mi mejor amigo.

Eres una de esas personas que merecen la pena, de ésas que no hay que perder. Hemos pasado muchas cosas juntos y no voy a recordártelas todas, pero quiero hacer hincapié en esos momentos (que son pocos, pero están ahí) en los que me has apoyado cuando estaba mal, me has demostrado que cada vez que te necesite, estarás a mi lado.

¿Sabes? Cuando nos conocimos, nunca llegué a pensar que pudieras significar tanto, eras el chico listo de última fila, nada más, y en este tiempo has pasado a formar parte de los cimientos sobre los que construiré el resto de mi vida.
Me has sacado una sonrisa en innumerables ocasiones, desde que entraste por la puerta de la AG-21 en primero de bachillerato con la noticia de que “traicionabas” a los de ciencias y pasabas a ser un investigador, hasta que el tiempo decida que dejemos de vernos. Muchas veces has pensado que no merecía la pena haberte cambiado, pero gracias a esa decisión te tengo ahora y es algo muy grande (así que no quiero volver a escuchar que te arrepientes de eso).
Tal vez debería disculparme también, por aquello de que iba a sustituirte… Jamás podría. En fin, sé que no me creíste, siempre te he demostrado que te quiero como mejor he podido (hay pruebas de ello… jajaja) y entonces ya era tarde para negarlo.
Me gustaría decirte que recuerdo el primer abrazo que me diste, pero no puedo mentirte, no lo recuerdo, ha habido muchos desde entonces. Sin embargo, lo que sí puedo decirte es que tus abrazos (todos y cada uno) tienen el don de curar, sí, como lo lees, parecen estar hechos especialmente para descargar, ¿y sabes qué es lo mejor? Que habrá muchos más, porque incluso dentro de veinte o treinta años, cuando te vea por la calle, te abrazaré, como ahora.
Una vez una amiga me dijo que tú me querías más de lo que yo pensaba, y como soy una incrédula, pasé del tema. Siempre he pensado que para ti era una amiga más, así como también hubo momentos en los que pensé “¿Qué cojones estoy haciendo?”, y la verdad, fueron muchos. Me tenías harta de tanta vaguería y pasividad, joder, pero ya era tarde, te habías colado en mi corazón y te habías clavado ahí, en lo más hondo. Me tragaba mis pensamientos y trataba de ayudarte en todo lo que podía.
Recuerdo las numerosas ocasiones en las que no querías ni que se me pasaran por la cabeza esos famosos "te voy a perder". Te enfadaba que te lo dijera, y lo siento. Cuando te cansaste de que te los repitiera, me dijiste que era una boba, que me dejase de estupideces, que no te iba a perder, me gustara o no... Y para variar, no me lo creí, pero no te dije nada más, hasta hace apenas una semana, cuando me dijiste que no me querías perder. Ya sabes que tengo el corazón (un poco, demasiado) blando, se me escaparon dos lágrimas (apuesto a que eso no lo sabías) y fue precioso, en serio, me estabas diciendo exactamente todo lo que yo sentía por ti. Por lo tanto, decidí mandar a la mierda mi incredulidad, total, para lo que me servía...
Bueno, supongo que estarás harto de leer, pero tu dieciocho cumpleaños debía tener un discurso de los míos de una extensión considerable, ya no por la mayoría de edad, es más bien por el cambio. Aunque sigas ahí, ya no eres ese niño de instituto que conocí, eres mi mejor amigo, lo diré dondequiera que me ponga (más que nada para que tengan envidia) y como tal, tienes que aguantarme durante mucho tiempo, eso sí, ya sin discursos.
En efecto, sobran palabras y todo esto se puede resumir en un “Feliz cumpleaños, negro. Te quiero”, pero sabes tan bien como yo que esas palabras hoy en día se usan demasiado, así que he decidido ahorrármelas aquí y decírtelas a la cara, porque después de todo esto, no podría decirte otra cosa.
Después de todo, lo que te escribí es cierto. Te quiero como a nadie, eres el mejor amigo que he podido tener y los dos últimos años han sido increíbles. No quiero que todo eso se pierda. 
Sí, me como muchísimo la cabeza, es cierto, pero... Es miedo a perderte. Siempre lo he tenido, lo sabes. Creo que es normal que ahora se acentúe... pero aún así, aquí estoy. Puedes contar conmigo para lo que sea, es la última vez que te lo digo.
Supongo que ya está. Aquí estaré hasta que quieras, como si se pasa la mitad de mi vida.

20 de enero de 2013

El tercer trozo de corazón.

Supongo que recordáis eso de las tres personas más importantes de mi vida. Sí, esas tres personas que me han marcado, ésas por las que me levantaba cada día... Sin embargo, un día me di cuenta de que las cosas cambian. Vi que esas personas son importantes, pero no tanto. Quizá no pueda vivir sin las tres, pero sin una sí.
Cuando decidí sin cuál de las tres podía vivir, sin quererlo, acababa de repartir mi corazón. Y me acordé de este momento:

 Tú eres mi corazón. ¿Acaso podría yo vivir sin mi corazón?
Justo cuando escuché esa frase, pensé en el trozo de corazón que tenía la tercera persona. No me lo había devuelto. Lo peor es que todavía lo tiene consigo, y cada vez que pienso en esa persona, se me cae el alma a los pies.
En el pecho se clava una flecha. Los ojos se cierran e intentan buscar un recuerdo, intentan encontrar un bonito recuerdo que haga que todo ese dolor merezca la pena...
Antes lo encontraban...  Ahora ya no.
Cuando vuelven a abrirse, lo tienen claro. Hay que recuperar ese trozo de corazón cueste lo que cueste, porque si duele que vuelva, duele aún más no tenerlo a salvo.
Y hasta que llegue el momento de exigir que vuelva contigo, piensas en los otros dos. Están seguros con esas dos chicas maravillosas. Las únicas que me han demostrado que saben cuidar algo tan valioso como una amistad. Las dos que entienden por qué un no te voy a perder no se promete, pero lo hacen, cada una a su modo.

Que mi hermana se muera si te dejo.
Sí, estaré contigo. Sí de siempre.