Mi reino no es perfecto, nunca lo ha sido, pero se podía vivir tranquilamente, sin puntos de inflexión en las emociones de la gente, sin rencores ni odios, sólo con amor. El más puro amor que se podía alcanzar.
Como reina del lugar, creé un castillo donde vivir con mi rey y cuando la construcción fue acabada, pasó algo... Quizá me descuidé. Quizá le presté demasiada atención al rey... pero deberíais haberle visto. El rey era la alegría de todo el reino. Sabía todo lo que ocurría y estaba siempre dispuesto para cualquier cosa. Tiñó todo el reino con el azul de sus ojos, impregnando cada sitio que pisaba.
Eran tiempos felices y un buen día, el rey se esfumó. Desde ese momento, la alegría cesó y todo el reino se vio envuelto en el más profundo dolor causado por la pérdida de tan maravillosa persona. El dolor desmoronó el castillo. La sala del trono quedó fría, oscura e inundada.
Pasó el tiempo y allí seguía yo, llorando sin apenas darme cuenta de lo que ocurría. No sé exactamente cuándo sucedió, sólo recuerdo que vi una luz acercarse, escuché el tarareo de una melodía y noté una mano que me subía a un bote. Miré a mi alrededor. Toda esa agua eran mis lágrimas derramadas por él... Tenía los ojos entumecidos y no pude hacer otra cosa más que cerrarlos y caer en aquel calor.
Cuando me desperté, un chico me miraba sonriente. Se presentó como el Consejero Real. Pese al dolor que perforaba mi corazón, su sonrisa era contagiosa y accedí a escucharle. Él me enseñó lo que había ocurrido. Me mostró el estado en el que se encontraba el reino. Me hizo reunir el valor necesario como para obviar al rey y seguir adelante.
En poco tiempo, el reino parecía el mismo, tan alegre como siempre y todo gracias al Consejero. Él fue mi mano derecha, una parte imprescindible en aquella época, nuevamente feliz.
Sin embargo, los recuerdos estaban al acecho. No se podía reconstruir el castillo. Allá en el horizonte, donde nadie podía verlo, se alzaba esa sombría guarida que tiempo atrás había guardado tanto amor. Mis ojos se percataban de que algo no estaba bien. Ese muchacho había devuelto la paz pero... no podía ocupar el lugar del rey. Nadie podía. Y es que cuando dejó su trono, se llevó el azul del cielo en sus ojos.
Mientras me hacía a la idea de que ese hueco permanecería allí para siempre, me dí cuenta de que alguien tendría que proteger mi reino cuando yo no estuviera... Entonces aparecieron esas personas a las que hoy en día quiero y les debo tanto: mi princesa de fresa, mi príncipe azul y la principesa más grande del mundo.
Cuando nombré como mi sucesora a la princesa de fresa, todo parecía ir bien. Todos eran felices... incluso yo. Por desgracia, en el reino Corazón Azul, la felicidad está destinada a acabarse.
Ahora mismo, el Consejero Real camina por las afueras del reino, como si éste no fuera su sitio. Está perdido y parte de mi reino se ha perdido con él. Vuelvo a sentir esas agujas traspasándome la piel y rozándome el corazón. Por suerte, no lo atraviesan.
No voy a mentiros, duele. Duele muchísimo. Pero aunque duela, sé que ese Consejero no querría ver lágrimas. El reino debe seguir luchando. Y, ¿por qué no? Seguir buscando el Corazón Azul que un día se esfumó de su trono.
Esta historia surge gracias a la persona que me llama "reina". Necesitaba salir a la luz. Gracias, princesa de fresa. Te quiero.