12 de marzo de 2013

El primer eje.

El tiempo pasa y apenas me doy cuenta. Vivo cada día sin ser consciente de ese segundero que nunca se para y precisamente hoy, se ha detenido un instante.
El instante en el que mi corazón se ha parado, como hacía meses que no lo había hecho. El culpable es él. La persona a la que va dedicada este blog: el primer eje.
Una persona puede pasar a ser un eje sobre el que giras en menos de un segundo, bien sea por amor, por instinto o simplemente por el miedo a caer en lo desconocido. 
Yo no sé por qué pasó a serlo, pero sé que aún hoy, cuando miro atrás, caigo a la misma órbita en la que estuve dando millones de vueltas. No es demasiado tiempo, pero sí el suficiente como para recordarlo todo, con sólo un minuto... Su mirada, su risa, su alegría, su color, su sabor, su olor... Y todo duele.
Sé que nunca podré arrancarle del todo, que siempre estará ahí, es cuestión de aprender a convivir con el dolor, técnica que hace ya más de seis años puse en práctica y que todavía hoy sigo sin tener perfeccionada. Creo que nunca sabré vivir con ese dolor, pero es lo que me toca.
Sin embargo, por mucho que duela, no fue tan mal. Él me enseñó a luchar por un imposible, a creer que se puede conseguir, a tener esperanza, a ser paciente, constante, y de hecho, yo tuve lo que jamás habría imaginado...
La verdad es que cada uno de los ejes sobre los que he girado me ha enseñado algo, pero ninguno se mantiene tan firme como el primero.
Quizá sea por ese motivo por el que es el más fuerte, porque es el primero. La base de todo. Lo más profundo.

4 de marzo de 2013

Será como si nunca nos hubiéramos salido de la línea.

Como siempre, aquí estoy, intentando calmar el dolor que siente mi alma. El dolor que nace al  escuchar palabras afiladas como cuchillos que provienen de la persona que más quieres. Quizá esas palabras no pretendían herir, quizá fueran las palabras más sinceras que hayan entrado a tus oídos... Sin embargo, no puedes evitar pensar que eso de que lo más grande que te puede suceder es que ames y seas correspondido es una farsa. Sí, como lo leéis, una puta farsa.
Que ames y seas correspondido no lo es todo. A veces, ni siquiera eso basta. Hay muchos más factores y no siempre son favorables a ese sentimiento. En mi caso, tengo que admitirlo, no sé luchar contra ellos y no puedo permitirme el lujo de invertir mi tiempo en aprender a hacerlo.
Y entonces llega una pregunta a mi cabeza.
¿Ahora qué?
Respondo como he aprendido a hacer, como mejor sé.
Ahora nada. 
Recuerdos, vista monocromática, dos litros de sangre fría y la caja rosa, es todo lo que necesito para fabricar una fúnebre barrera que pueda soportar las erupciones que brotan de este corazón. En otras palabras, vuelvo a prometer que no saldrá una lágrima.
Es como hace seis meses, sólo que sin continuación, será como si nunca nos hubiéramos salido de la línea, dijiste. Será todo lo que quieras. Tú llevarás tu peso y yo el mío, sin apoyos. Tú tropezarás y yo iré cayendo libremente al vacío. Esta vez no quiero tu mano. No quiero que me ayudes a levantarme, porque no caeré tantos metros.
Y sólo por si te preguntas cómo me levantaré, será con la ayuda de aquél que me enseñó a jurar y no a prometer.