Sabéis que soy fanática de los
abrazos, pero es diferente recibir uno cuando te apetece y uno cuando lo
necesitas. Ahora mismo, lo que necesito no es un abrazo de los que curan, ahora mismo, lo que necesito es un abrazo
infinito. De ésos en los que te puedes pasar la vida sin importar lo que pase a
tu alrededor. De ésos en los que puedes llorar todo lo que quieras.
Quizá no lo entendáis, pero para
mí, si le pongo muchísimo empeño a algo y acaba mal, aunque no sea culpa mía,
es un fracaso. No puedo verlo de otra manera. Y da igual las palabras que digan,
es algo que tengo que superar yo misma, sin importar el tiempo que tarde.
Sé que he fracasado como persona,
como amiga y como hija. Sin embargo, aquí estoy, intentando remediarlo después
de haber llorado encima de mi Silvestre.
Ahora que lo pienso, no sé
cuántas veces he llorado encima de él. No soy capaz de contar las veces en las
que su cabeza ha absorbido mis lágrimas, ni las veces en las que he encajado mi
cuello en sus diminutos brazos y le aplastaba contra mí.
Sé que sólo es un peluche, pero
para mí, es mucho más… porque en todas esas ocasiones en las que no hay nadie a
quien contar cómo me siento, está ese pequeño
cuerpecito de tela que se lo traga todo.