Creías que podía salir bien, todavía tenías algo de esperanza. ¿Dónde está ahora? Rota. Eso sí es culpa suya. En tres palabras asesinó tu felicidad como si de una hormiga se tratara. Quizá no lo hizo a propósito, pero el daño está hecho.
Te ves diferente, piensas que ya no merece la pena estar a su lado, crees que todo lo que has hecho no ha servido de nada... No te apetece ver a nadie, tus abrazos no están cargados, no como antes. Pasas dos días sin querer ver a nadie, ni siquiera tu propio reflejo en el espejo del cuarto de baño. Intentas que el tiempo pase lo más rápido posible para superar la pérdida, hasta que le ves. Esa persona a la que le has dado tanto... Sientes lo mismo y no te explicas el cómo ni el por qué. Sin embargo, haces caso omiso a tu corazón, ya ha recibido bastantes golpes, ya le han arrebatado aquéllo que guardaba en lo más profundo. No vas a pasar por lo mismo, no otra vez. Te cierras en banda, no quieres ver sus ojos por miedo a caer otra vez, aunque sabes que tendrás que enfrentarte a ellos, de nuevo.
Dejas que el tiempo corra lo más rápido posible, intentas actuar cómo si todo siguiera igual con ese fin. No lo consigues. Nota que te pasa algo. Algo, sí, pero es un algo que no se puede decir, o al menos, no se lo puedes decir a él. Así que con tus pensamientos y sentimientos envuelves tu corazón de manera que quede aislado de él. Funciona. Harás eso, protegerás tu corazón hasta que se pase. Todo va bien. De repente, sin venir a cuento, te toca. Se te cae el mundo a los pies. Le miras. Se ha preocupado... pero no es suficiente. En otro momento habría sido perfecto... ya no.
A pesar de todo, te ha tocado la vena sensible y ha sido capaz de desmoronar esa muralla protectora con tan sólo una caricia. Ahí te das cuenta: te puede hacer mucho daño, quizá más del que piensas.
Te ves diferente, piensas que ya no merece la pena estar a su lado, crees que todo lo que has hecho no ha servido de nada... No te apetece ver a nadie, tus abrazos no están cargados, no como antes. Pasas dos días sin querer ver a nadie, ni siquiera tu propio reflejo en el espejo del cuarto de baño. Intentas que el tiempo pase lo más rápido posible para superar la pérdida, hasta que le ves. Esa persona a la que le has dado tanto... Sientes lo mismo y no te explicas el cómo ni el por qué. Sin embargo, haces caso omiso a tu corazón, ya ha recibido bastantes golpes, ya le han arrebatado aquéllo que guardaba en lo más profundo. No vas a pasar por lo mismo, no otra vez. Te cierras en banda, no quieres ver sus ojos por miedo a caer otra vez, aunque sabes que tendrás que enfrentarte a ellos, de nuevo.
Dejas que el tiempo corra lo más rápido posible, intentas actuar cómo si todo siguiera igual con ese fin. No lo consigues. Nota que te pasa algo. Algo, sí, pero es un algo que no se puede decir, o al menos, no se lo puedes decir a él. Así que con tus pensamientos y sentimientos envuelves tu corazón de manera que quede aislado de él. Funciona. Harás eso, protegerás tu corazón hasta que se pase. Todo va bien. De repente, sin venir a cuento, te toca. Se te cae el mundo a los pies. Le miras. Se ha preocupado... pero no es suficiente. En otro momento habría sido perfecto... ya no.
A pesar de todo, te ha tocado la vena sensible y ha sido capaz de desmoronar esa muralla protectora con tan sólo una caricia. Ahí te das cuenta: te puede hacer mucho daño, quizá más del que piensas.