4 de marzo de 2013

Será como si nunca nos hubiéramos salido de la línea.

Como siempre, aquí estoy, intentando calmar el dolor que siente mi alma. El dolor que nace al  escuchar palabras afiladas como cuchillos que provienen de la persona que más quieres. Quizá esas palabras no pretendían herir, quizá fueran las palabras más sinceras que hayan entrado a tus oídos... Sin embargo, no puedes evitar pensar que eso de que lo más grande que te puede suceder es que ames y seas correspondido es una farsa. Sí, como lo leéis, una puta farsa.
Que ames y seas correspondido no lo es todo. A veces, ni siquiera eso basta. Hay muchos más factores y no siempre son favorables a ese sentimiento. En mi caso, tengo que admitirlo, no sé luchar contra ellos y no puedo permitirme el lujo de invertir mi tiempo en aprender a hacerlo.
Y entonces llega una pregunta a mi cabeza.
¿Ahora qué?
Respondo como he aprendido a hacer, como mejor sé.
Ahora nada. 
Recuerdos, vista monocromática, dos litros de sangre fría y la caja rosa, es todo lo que necesito para fabricar una fúnebre barrera que pueda soportar las erupciones que brotan de este corazón. En otras palabras, vuelvo a prometer que no saldrá una lágrima.
Es como hace seis meses, sólo que sin continuación, será como si nunca nos hubiéramos salido de la línea, dijiste. Será todo lo que quieras. Tú llevarás tu peso y yo el mío, sin apoyos. Tú tropezarás y yo iré cayendo libremente al vacío. Esta vez no quiero tu mano. No quiero que me ayudes a levantarme, porque no caeré tantos metros.
Y sólo por si te preguntas cómo me levantaré, será con la ayuda de aquél que me enseñó a jurar y no a prometer.