A una semana de mi decimonoveno cumpleaños me hallo como un flan. Hasta qué punto es bueno o malo... no lo sé. Sin embargo, lo que sí sé es que sólo he estado así en situaciones como ésta o por alguien que me importaba demasiado.
Recuerdo que la última vez que estuve así fue por uno de mis mejores amigos, cuando hace casi un año, pensé que le perdía. Por suerte, como pocas veces en mi vida, me equivocaba. La verdad es que en ese momento, fue insoportable. Más de tres horas con ese tic nervioso que me da y no puedo parar.
Otra de las ocasiones, fue estando delante de un rey. No logro entender cómo pude reunir el valor necesario para plantarme enfrente de él, a pesar de que los nervios me estaban devorando, y aclarar lo que pasaba.
Alguien que no haya pasado por lo mismo, no tiene ni idea de lo horrible que es. Aunque, ahora que lo pienso, cada vez que me ha dado ese tic ha sido porque pensaba que iba a acabar mal y, al final, siempre ha acabado bien.
Pero la hipótesis de que ese tic nervioso es un buen presagio, no me basta. Mi experiencia me dice que ese buen final llega después del dolor. Así que no haré lo mismo que me hicieron a mí. No seguiré su ejemplo. No quiero ese tipo de dolor para nadie.
En realidad, todavía no sé qué debo hacer, pero al menos, ya sé lo que no quiero decir. No quiero que nadie quede marcado por una frase como lo estoy yo. Os pareceré una tontería tan grande como una catedral, pero es algo que te define, te limita, te prohíbe... llamadlo como queráis, en definitiva, no es agradable y no es nada que puedas sentirte orgulloso de contar.
Así que, en la medida de lo posible, si vivís un momento importante, medid vuestras palabras y no dejéis a nadie marcado, ni siquiera la peor persona del mundo merece algo así.