6 de marzo de 2014

Ay, qué metafórica me he puesto.

Día de decisiones. Día de renuncias. Día de desesperanza. Y sin embargo, también es día feliz.

Me explico, me he tomado la libertad de decidir que nadie se sentará en el trono de mi rey. Ese lugar está destinado a estar vacío, por mucho que yo me empeñe en lo contrario. 

Me explico más aún, me niego a querer a alguien más que a mí misma. Renuncio a eso que llaman amor, pero no os equivoquéis: confío en que exista. Sé que se puede encontrar, yo misma lo hice, pero no puedo seguir luchando por algo así. Ésa ya no es mi guerra. Un corazón como el mío acabaría destruido si entra en una batalla así. 

No pretendo quitarle la esperanza a nadie, eso es algo que cada uno tiene dentro y siente cuándo se apaga y cuándo no. 

Llamadme loca, pero ya lo dije en mis propósitos de este año: mi lucha es por mantener a la gente que quiero y no perder a nadie. Jamás dije que fuera a completar el trono, y no lo haré.

Y aunque creáis lo contrario, no me apena decirlo. Es más, casi me enorgullece, porque es un reino que yo estoy construyendo, limpiando escombros y quedándome sólo con lo que merece la pena de verdad. No sería una buena reina si dejase que alguien se sentara en mi trono y se quedara con lo que he ido construyendo. Ya cometí ese error una vez y sólo sirvió para... ¿nada? No es que me arrepienta, pero me entristece, porque fue como bajar del cielo al infierno en una milésima de segundo, y todos sabemos que las subidas no son famosas por su facilidad.

Sin embargo, siempre he pensado que todo ese rollo de ir al cielo porque vas a estar mejor es una asquerosidad, así que me he acomodado en el infierno por el simple hecho de que estoy harta de darme hostias contra una escalera.